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Poco se lo deberían pensar nuestros antepasados ​​más recientes, los de los últimos cien años, que en pleno siglo XXI el principal obstáculo de aquellos que quieren dedicarse a la agricultura fuese el acceso a la tierra. Ya fuera a través de la propiedad, o bien a través del arrendamiento, la cesión en usufructo o incluso con ciertas herramientas de gestión de la tierra provenientes aún de la época medieval o cartujana, casi todo el mundo tenía alguna manera de poder acceder a la tierra para la actividad agraria. Evidentemente, y como recordarán los lectores con más edad, esto no conllevaba automáticamente que te pudieras ganar la vida, sobre todo si la comparamos con el nivel de vida actual. Pero necesitaban lo que ahora quisiéramos o bien hemos creado necesidades superfluas?

Colaborando en una jornada de trabajo de un proyecto europeo (Access To Land) que precisamente pretende poner sobre la mesa mecanismos y herramientas para facilitar el acceso a la tierra en países como Francia, Rumania, Reino Unido , Italia, Bélgica y Cataluña, debatimos sobre esta cuestión que desgraciadamente es compartida partes. Cada país con su particularidad, sistema económico e historia política, compartían el hecho de que los jóvenes cada vez lo tienen más complicado para acceder a la tierra, hacer prosperar su actividad agraria y ganarse dignamente la vida.

Seguramente no debería ser tan complicado que, al menos a nivel local, dar salida a esta necesidad. Cada vez son más los municipios que optan por una regulación y facilitación del acceso a la tierra y el contacto entre los interesados ​​a través de bancos de tierras. Un ejemplo en el Camp de Tarragona, muy embrionario aún, lo encontramos en la Selva del Camp. Además, los municipios tienen la capacidad de poder aplicar bonificaciones en determinados impuestos para reactivar tierras o bien aplicar penalizaciones en caso de tierras abandonadas. Simplemente se trata de una voluntad política, de un reto.

Si seguimos estirando las posibilidades a nivel municipal, vemos como también se pueden ofrecer planes de formación ocupacionales en materia agraria, directamente relacionados con el acceso a una finca agraria disponible o en fase de relieve. Qué mejor si a un nuevo campo con voluntad de entrar en el sector le ofrecemos formación especializada. Pero también le hemos de facilitar la vida, ya hay algunos casos donde se crean servicios públicos adaptados a la nueva actividad agraria: bolsa de viviendas en zonas rurales, granja, recuperación de escuelas rurales para que la gente no tenga que irse, mancomunidad de servicios agrarios, cooperativas de productores, etc. Y si a todo esto le sumamos una potente red de distribución local de los productos agrarios producidos, ya tenemos el círculo cerrado.

La ordenación del territorio y el urbanismo también podría ayudar, mucho más de lo que hace ahora. Tenemos que cambiar el modelo que puntualmente protege tímidamente el suelo agrario, pero en el que una figura de ordenación urbanística de rango superior puede vulnerar por lo que se mal llama interés general. Sería conveniente analizar todos los servicios ecosistémicos que aporta el suelo agrario, no sólo en contribución al PIB, sino en contribución al bienestar humano y la alimentación inmediata de la población de su alrededor. Quizás entonces no nos discutiremos sobre la idoneidad de hacer un Eurovegas o un macro Outlet el Delta del Llobregat.

Y no podría terminar este artículo sin hacer una apuesta clara para que el reto del acceso a la tierra vaya acompañado por la necesidad de la agroecología y la proximidad entre producción y consumo. Más allá de las campañas de marketing sobre el concepto de « km 0 », es necesario que nos planteamos la necesidad de establecer circuitos más cercanos en el sector de la alimentación. Ya no hablo de productos importados de la otra punta del mundo, que por muy ecológicos que sean dejan una huella ecológica que no pagamos, sino de productos de la tierra que producimos al lado de casa pero que el sistema económico actual y el libre mercado competitivo, nos los sitúan en un rango de precios difícilmente asumible y fuera de los circuitos de distribución convencionales. Podemos continuar batallando por los grupos de consumo y quedarnos con la conciencia tranquila, pero quizás va siendo hora de asumir el reto de hacer un cambio integral en modelo consumo y distribución. Será entonces que podremos hablar de agroecología, en sentido amplio y completo.

La tierra es para quien la trabaja (y para quien la quiere trabajar).

 

Joan Pons Solé

Responsable del Área de Acción Ambiental y Territorio de INSTA

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