Hace unos días asistía a Tarragona en la presentación del Anuario 2015 para una nueva cultura del territorio, elaborado por el Centro para la Sostenibilidad Territorial (CST). Este libro agrupa una serie de reflexiones y experiencias en torno al concepto de la nueva cultura del territorio, la lucha por defenderlo, casos de éxito (y de fracaso) y pinceladas por el futuro. Ciertamente las aportaciones de los diferentes autores y autoras del Anuario nos transportan a un imaginario que quizás podemos bautizar como nuevo, pero que muy probablemente venga de muy lejos.

Me explicaré. Por nueva cultura del territorio yo entendería que es aquella gestión de lo que nos es común, como la tierra, la energía, el aire, el agua y demás recursos naturales, bajo criterios de una lógica racional, sostenible y quién sabe si decrecentista. Más allá de eso, la nueva cultura del territorio partiría también de la idea de que el interés general no es el desarrollo por sí mismo, sino que este desarrollo debería ir acompañado de una conciliación con el bien común, el bienestar de las personas y los límites ecológicos existentes e inevitables. Así pues, los que hoy en día reivindican este concepto, ya sea el CST o múltiples entidades y plataformas en defensa del territorio en todo el mundo, lo hacen bajo un nuevo concepto o simplemente podríamos afirmar que lo hemos bautizado como nueva cultura porque la hemos logrado incidir en la sociedad?

Creo, muy sinceramente, que la respuesta a la pregunta que planteaba es que la nueva cultura del territorio no es tanto nueva como creemos, sino que lo que el ecologismo tradicional y el conocimiento científico territorial ha trabajado durante tantos y tantos años, ahora tiene su traducción en forma de cultura. Y las buenas culturas dicen que estudian, se divulgan y arrastran adeptos. No cree que estamos en esta situación con la nueva cultura del territorio?

A menudo pongo por caso la lucha por el túnel de Bracons, movimiento que dio lugar a la creación del CST, ya que es un ejemplo de lucha contra un concepto de territorio divergente con todo lo que desgranaba antes (bien común, bienestar de las personas, lógica racional, etc.). Con el añadido de que el tiempo ha dado la razón a los opositores y ahora esta infraestructura resulta sobredimensionada, supone un impacto paisajístico más que notable y sirve de hipotética excusa para justificar más carreteras y variantes innecesarias bajo la óptica de la racionalidad.

Lo que durante la época Pujol y post-Pujol se bautizó como la “cultura del no”, ahora resulta que es la cultura que nos habría conducido a un territorio equilibrado y concertado con todos los agentes. No será que la mal llamada “cultura del no” es lo que hoy llamamos nueva cultura del territorio? Tanto nueva no será, ¿verdad?

Sin embargo, si bien podríamos decir que la nueva cultura del agua está bien arraigada en la sociedad catalana, ya que así lo demuestra la oposición frontal a ciertas políticas hidroilògiques, la reducción considerable de los consumos de agua per cápita y la mejora (lenta pero progresiva) de la calidad de nuestros ríos, no podemos decir lo mismo de la nueva cultura del territorio. Ya que sino hoy en día no tendríamos sobre la mesa debates alrededor de desdoblamientos de vías de comunicación, sobre Bcn World y otros macrocomplejo de ocio y consumismo, sobre nuevas canteras en territorios triturados, sobre incrementos del número de cruceristas en ciudades colapsadas por el turismo y un largo etcétera de conflictos territoriales que no parten de una nueva cultura del territorio.

En cualquier caso, sea nueva o no sea nueva esta cultura, es la que seguiremos defendiendo y la que nos seguirá dando la razón cada día que pasa en esta era que algunos ya han bautizado como el antropoceno.

Joan Pons Solé

Responsable del Área de Acción Ambiental y Territorio de INSTA